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¿mo se vuelve a bailar después de que la tierra tiembla?

La pregunta parecía escrita en las calles del barrio Obrero aquella tarde. Allí donde la salsa lleva décadas contando quién es Cali, 19 bailarines llegados desde distintos lugares del mundo caminaban entre murales, museos, instrumentos e historias. Habían venido a vivir el Mulato Salsa Fest, a aprender, bailar y conocer de cerca la ciudad que tantas veces habían visto desde una pista de baile.

Pero Cali los recibió con una historia distinta. Sus calles todavía guardaban las huellas de días difíciles, pero aquella tarde el barrio Obrero volvía a llenarse de música, de gente y de visitantes. Entre sus esquinas, sus casas y sus sonidos, la ciudad empezaba, poco a poco, a recuperar el ritmo que la hace única.

Julia Acevedo llevaba años soñando con conocer Cali. Nació en Guatemala, vive desde hace dos años en Nueva York y pertenece a Latin Soul Dancers, de Adolfo Indacochea. Durante mucho tiempo imaginó esta ciudad desde lejos; la capital mundial de la salsa, la ciudad donde el baile también es identidad. Cuando finalmente llegó, encontró algo distinto a lo que había imaginado. No encontró una ciudad sin miedo; encontró una ciudad que, aun después del miedo, seguía abriendo sus puertas.

Junto a sus compañeros de Costa Rica, República Dominicana, Argentina, Austria y Estados Unidos, recorrió el barrio Obrero. Pasó por Melassa, el Museo Raíces de Nuestra Herencia y el Museo de la Salsa; escuchó historias, conoció parte de la memoria del barrio, tocó la campana, la maraca y el güiro, probó un plato valluno y bailó. Pero cuando le preguntaron qué había sido lo que más la había conmovido, no habló de una coreografía ni de un museo. Habló de los caleños: “Me gustó mucho y me llenó cómo siguen de positivos después de esto. Dijo que se sentía privilegiada de estar en Cali y que se llevaba algo que no podía guardar en una maleta: el calor humano de la ciudad.

Nathalia Raigosa encontró esa misma fuerza en una frase. Paisa y residente en Nueva York, conversó durante el recorrido con una persona afectada por el terremoto y escuchó unas palabras que no necesitaban explicación: La casa se me cayó, pero sigo adelante. En ellas cabían la pérdida, la incertidumbre y, sobre todo, una decisión: continuar. Nathalia entendió que esa frase también hablaba de Cali, una ciudad que todavía tiene heridas, pero que ha decidido seguir caminando mientras las reconstruye. Por eso dice que una manera de acompañarla es venir, conocerla, disfrutarla, conversar con su gente y contar después lo que se encontró. Ella quiere aportar desde el arte y ya imagina regresar el próximo año con una delegación más grande.

Sarah Konig, en su cuarta visita a Cali, llegó buscando nuevamente la cultura y la salsa que la han hecho regresar. Encontró, además, una ciudad que seguía reuniéndose alrededor de la música. Max Esquivel, llegado desde Los Ángeles, recorrió el Obrero, escuchó sus historias y conoció algunos de los lugares donde la salsa ha construido su memoria. Cuando intentó describir lo que encontró en medio de todo aquello, escogió una palabra: luz. Dentro de todo ese dolor encontré luz, en todas las personas y en todas partes. No hablaba de una ciudad sin heridas, sino de una ciudad que, aun teniéndolas, seguía encontrando razones para encontrarse.

Y eso era lo que ocurría aquella tarde en el barrio Obrero. Mientras los visitantes descubrían la historia de la salsa caleña, el Mulato Salsa Fest escribía otro capítulo de la historia reciente de Cali. La séptima edición del encuentro, del 27 al 30 de agosto, se mantuvo en pie después del terremoto. Para Luis Eduardo Hernández, El Mulato, hacerlo era una decisión que trascendía el festival: Para mí es muy importante empezar mi congreso de salsa caleña porque siento que es necesario por lo que está pasando en la ciudad”.

Talleres, competencias, exhibiciones y noches de gala volvieron a ocupar sus espacios. También lo hizo la solidaridad; mientras la música sonaba, un punto de acopio recibía donaciones para las personas damnificadas. Porque detrás de cada visitante también hay hoteles, restaurantes, transporte, artistas, instructores, productores y trabajadores que necesitan volver a moverse. Reactivar un evento significa, entonces, mucho más que encender un escenario. Significa volver a mover una ciudad.

María Fernanda Campuzano, secretaria de Turismo de Cali, acompañó a los invitados internacionales durante el recorrido por el barrio Obrero y destacó la importancia de mostrarles por qué Cali es la capital mundial de la salsa, como parte de la apuesta de la Administración Distrital, bajo el liderazgo del alcalde Alejandro Eder, por reactivar y seguir promocionando el destino.

Pero había algo que aquellos visitantes podían entender mejor caminando que escuchando cualquier discurso; la salsa de Cali no está solamente en los escenarios. Está en los barrios donde nació, en las historias que pasan de una generación a otra, en los museos que conservan su memoria, en las mesas donde se comparte y en los cuerpos de quienes aprendieron a bailar mucho antes de que el mundo comenzara a mirar hacia esta ciudad. Ahora también estaba en la manera de levantarse.

El Mulato Salsa Fest regresó porque después de una sacudida también hace falta encontrarse, abrir las puertas, activar los negocios, crear, recibir y seguir viviendo. Por eso aquel recorrido terminó significando mucho más de lo que sus 19 protagonistas podían imaginar; Julia llegó después de años de esperar; Sara volvió por cuarta vez; Nathalia escuchó una frase que llevará consigo de regreso a Nueva York; y Max encontró luz. Todos descubrieron que detrás de la fama mundial de la salsa caleña existe algo que no puede enseñarse en una clase; una manera de convertir el encuentro en resistencia.

Cali todavía tiene mucho por reconstruir. Hay viviendas que necesitan reparación, familias que necesitan apoyo y heridas que no desaparecerán de un día para otro. Pero la vida ya está ocurriendo alrededor de ellas; en las calles, en los negocios, en los museos, en las cocinas, en los escenarios y en las pistas de baile.

Quizá por eso aquella tarde la música parecía tener otro significado. No era únicamente música. Era una respuesta a la tierra que tembló, a la incertidumbre, al miedo y a las pérdidas; una respuesta hecha de cultura, solidaridad, trabajo y de esa alegría que en Cali no significa desconocer el dolor, sino encontrar un espacio para respirar en medio de él.

Los 19 bailarines llegaron para aprender unos pasos. La ciudad terminó enseñándoles otra cosa; que después de perder el equilibrio existe un primer paso, que levantarse puede ser un movimiento colectivo y que cuando alguien se atreve a dar ese primer paso, otros pueden encontrar el valor para seguirlo.

Quizá por eso Julia no habló solamente de la salsa. Habló de su gente. Quizá por eso Nathalia seguirá contando aquella frase mucho después de que termine el festival. Y quizá por eso Max escogió la palabra luz.

Tal vez ahí está la respuesta a aquella pregunta que parecía escrita en las calles del Obrero: ¿mo se vuelve a bailar después de que la tierra tiembla? Se empieza despacio, con un paso, después otro y otro más, hasta recuperar el ritmo.

Cali todavía está reconstruyéndose.

Pero volvió a bailar.

Cali somos todos.