Un derrame cerebral y el taponamiento de unas venas del pie le impiden caminar con soltura a Isabel Gutiérrez Ríos, conocida en el mundo de la rumba nocturna del barrio Obrero, como Chavita.
Sin embargo -a sus 87 años- los achaques, las dolencias y el bastón desaparecen cuando suena una pachanga, un boogaloo o un guaguancó, pues no hay melodía que la pare cuando comienza a mover los hombros, las caderas y los pies, meticulosamente envueltos en vendas, gasas y esparadrapos.
Es la sensación en la Carpa donde funcionan las viejotecas, dentro del Coliseo El Pueblo, donde se desarrolla hasta el próximo domingo 30 de octubre el XVII Festival Mundial de Salsa Cali 2022.
“Yo desde los 12 años me volaba de las clases en el Colegio Santa Cecilia para irme a los aguelulos que hacían en las tardes. Ya mayorcita, en la noche me iba para el Honka Monka, El Séptimo Cielo y El Columpio. Cuando me llegaba a la casa me pegaban unas pelas tan bravas, que me quedaba morado todo el cuerpo”, dice Chavita en medio de risas y guiñada de ojo.
Para combinar la rumba con el sustento montó un carrito de dulces, cigarrillos, galletas, maní, bombones, chitos y similares, el cual trastea todas las noches de la NellyTK al Chorrito Antillano, donde la consideran una más de la nómina, pues conversa, baila y recocha con los clientes, el discómano, los porteros y sus colegas de la venta callejera.
Se ha bailado a medio Cali, recoradando a Piper Pimienta, a Carlos Paz, a Guaracho y otros tantos duros del ritmo; aunque en la actualidad vive fascinada con Brando, el joven bailarín que arrasa con todos los concursos de salsa en la maodalidad de baile caleño.
Su madre -en medio de las pelas- le decía que si seguía así iba a terminar llena de hijos y alcoholizada. Ni lo uno, ni lo otro. Chavita no se toma un solo trago de licor y pasa toda la noche con agua y gaseosa. Y solo tuvo dos hijos: un varoncito, que hace poco falleció, y una niña, que está en España.
Vive en el barrio Manuela Beltrán en la casita que le dejó su hijo y asegura que seguirá viviendo allí y bailando en sus lugares preferidos hasta que Dios se acuerde de ella. “Mi vida es el baile. Me lo gozo. Eso me hace feliz. Y cuando llegue allá arriba, música será lo primero que voy a pedir para poner a bailar hasta a San Pedro”, dice levantando los brazos y moviendo los pies, mientras la silla se menea al compás de Pachanga Caridad.


