Eran casi las tres de la tarde, la vía principal del barrio Altos de Normandía, sector Las Minas, nos había llevado cerca a la casa 76, pero aún no la encontrábamos. Preguntamos y nos indicaron: “por ahí, por ese camino llegan”.
Un caminito angosto y ascendente que no medía más de un metro de ancho, nos esperaba. Betsy Martínez salió al encuentro. Subimos por el sendero pavimentado, lo equivalente a tres pisos de una casa tradicional, y encontramos la entrada a la vivienda. Seguimos subiendo al tercer piso, donde vive con sus tres hijos, un gato y dos perros.
Betsy es la madre de Mariana Guerrero, la protagonista de esta historia: Mariana, una niña de once años, cursa quinto de primaria en la sede Bataclán de la Institución Educativa Oficial Santa Cecilia. Debe medir poco más de metro y medio de estatura, tiene cabello negro y liso que no supera los hombros, tez trigueña, brazos delgados y manos grandes. Es una niña sonriente y de gestos amables.
Alrededor de ella está Casian, su hermanito de dos años y medio, quien corre y juega con un perrito pincher miniatura que apenas cabe en una mano: fue un regalo del Niño Dios, se llama Oreo, explicó Betsy.
Le puede interesar Ruta Pedagógica llegó a la institución educativa Gabriel García Márquez
Mariana se notaba tranquila. Ubicamos el micrófono inalámbrico en su blusa y empezamos a conversar. Sus repuestas eran cortas, casi monosílabas. Nos contó que su materia preferida es matemáticas porque le gustan los números y que sueña con ser nadadora.
¿Qué te gusta de tu profesora? fue la pregunta con la que Mariana titubeó: “que… muy… ehh… muy…” sus manos se advierten ahora nerviosas, mira hacia arriba, mira a Betsy. “En este tiempo ella siempre ha estado…” y sonríe con dificultad. Al fondo se escucha a su mamá diciéndole, con voz dulce: “no vaya a llorar”. Su mirada se nubla y el llanto es inminente.
Betsy va hacia ella y le repite: “no vaya a llorar. Tranquila, lo está haciendo súper bien”. Le da un beso en la frente, le acomoda el cabello y le seca las lágrimas. Es un llanto de agradecimiento, un llanto para recordar el empeño de su profesora para que ella continúe con sus estudios a pesar de los duros momentos que ha pasado en los últimos meses por su delicada condición médica.
En su silla de ruedas Mariana le da la espalda al balcón de la casa; se mueve un poco, se acomoda y nos da la señal para continuar. Le causa dificultad pronunciar algunas palabras, pero con claridad dice: “mi profe Johana es atenta; es chévere y este tiempo siempre ha estado pendiente de mí para que yo pueda seguir estudiando”.
Betsy comenta que el apoyo de la docente Jovanna Montaño ha sido un factor clave, pues desde hace dos años su hija ha tenido que someterse a diferentes tratamientos médicos, y la docente ha estado atenta haciendo acompañamiento para que pueda seguir estudiando en su casa.
“A pesar de que no ha sido fácil ella siempre ha estado ahí mostrándonos que de una u otra manera podemos seguir avanzando en los procesos académicos de Mariana”. Aseguró la mamá resaltando la dedicación, esmero y vocación de la profesora. Para ella, “la educación no solamente es llegar a un aula y llevar cuadernos y libros, la educación es aprender a soñar, aprender a luchar por lo que queremos, y tener en un futuro una opción para ser alguien más”.
Mariana seguirá alternando con sus estudios sus tratamientos médicos, terapias, sus idas al Instituto para Niños Ciegos y Sordos del Valle del Cauca, su entrenamiento de natación paralímpica, porque ella quiere “seguir aprendiendo y ser alguien en la vida”.
En la conmemoración del Día del Estudiante que lucha, la Secretaría de Educación hace un reconocimiento especial a los niños, niñas, adolescentes y jóvenes que, pese a las grandes dificultades que afrontan a diario, le siguen apostando a su formación, se la siguen jugando por culminar con éxito sus estudios.


