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Sin muchas ganas de irse, con la nostalgia de no poder estar unos días más en Cali y con las piernas y los brazos tatuados por las ponzoñas de los jejenes, la delegación de Hungría partió la tarde del domingo 7 de mayo para Budapest, luego de participar en el Primer Encuentro Mundial de las Culturas Populares, desarrollado entre el 24 de abril y el 6 de mayo en la Sultana del Valle.

Entre los gratos recuerdos que se llevan está el buen trato, la amabilidad y la disposición de los padrinos y los guias intérpretes que les asignó la Alcaldía del médico Jorge Iván Ospina.

Valentiné Acosta y Sara Ojeda no perdieron detalle para acompañar, traducir y satisfacer los antojos de los 18 integrantes húngaros, quienes constantemente eran piropeados por sus finas facciones, ojos azules y la intensa palidez de sus tintes. Ellas y ellos entendían algunos halagos, pero con su seriedad característica, se limitaban a sonreir e izar el dedo pulgar.

Hubo ocasiones en que los hicieron ruborizar y no sabían si mirar para el techo o para el suelo. Como cuando las bailarinas de salsa salieron con una tanga diminuta y un escote pronunciadoque no dejó nada a la imaginación. Acostumbrados a ver a sus mujeres con la falda hasta los tobillos, cuello tortuga, enaguas, corsé y hasta medias a la rodilla, no les quedó de otra que tragar grueso y mirar de reojo. Pero les encantó… el baile.

La disciplina fue un punto característico de la delegación, aunque sacaron tiempo para recorrer y enamorarse de la ciudad y su gente. Aunque el clima no les pegó tan fuerte como los mosquitos, destacaron la buena arborización de la capital vallecaucana, les impresionaron los grafittis, las esculturas y los monumentos.

Y ni qué decir de los dulces, las frutas, los licores y los cholaos. Las maletas iban repletas de manjarblanco, ron, aguardiente, bon bon bum, súper coco, mangos, bananos, pitayas, mangostinos y carambolos, los cuales están dispuestos a comérselos en el aeropuerto si no se los dejan pasar, o a descrestar a sus familiares y amigos, si llegan a coronar.

Nada de Cali ni de los caleños les pareció malo. Nada es nada. Al contrario, no sabían qué decir, aparte de elogios. Se fueron adorando la ciudad y sus gentes y con gran convicción dijeron: «A Cali volvemos porque volvemos».